El principio
Recuerdo el viaje transformador de la maternidad. Ese momento en el que nace ella/él y naces tú como madre.
Antes de, recuerdo tener muy claro que llevaría a mi hija a una escoleta después de la baja de maternidad, había planificado según lo que había aprendido cómo sería ese después. Sin embargo, la vida me tenía preparadas otras cosas. Mi primer choque de realidad fue unos meses antes de dar a luz. Yo iba a yoga para embarazadas y, tras una sesión diferente, más bien artística, rompí a llorar desconsoladamente. Había creado un dibujo cuyo significado era poder dar vida a un nuevo árbol sin repetir los patrones de aquella crianza que me había hecho tanto daño a mi. A veces intentaba cerrar esa puerta porque no quería ver lo que había dentro de esa habitación, oscura y cerrada bajo llave. Pero ese día salió para decirme por primera vez que tenía que tomar conciencia de hacer las cosas diferentes.
El segundo choque fue el nacimiento de ella, tras verla por primera vez y pasar mis primeros días con ella, me di cuenta que un ser tan pequeño e inocente necesitaba estar con sus figuras de apego el máximo tiempo posible. Sobre todo, si no quería crear una herida de abandono desde sus inicios.
El tercer choque fue, descubrir su alta sensibilidad al mismo tiempo que descubrí la mía a través de ella. Todo este conjunto de factores cambió radicalmente mi manera de ver la crianza y la forma en la que yo me iba a responsabilizar de sus necesidades.
Leí, aprendí, compartí, me formé… he ido haciendo todo lo que creía necesario para tener las herramientas necesarias para sentirme segura de aquello que estaba haciendo y que quería seguir haciendo, pese a las diferencias que te encuentras con el resto del mundo. A veces, pareciendo que lo que haces está mal, cuando en realidad tiene un fundamento mayor y más sano que la crianza tradicional. Te sientes muy solo, hasta que conoces a otras mamis/papis como tú.
He de reconocernos que ha sido un camino muy duro, mi marido también estuvo ausente los primeros años de nuestra hija, costó mucho que compartiera y estuviera más presente. Entonces yo me sentí sobrecargada. Cuando mi pequeña cumplió el año, decidí apuntarla a la escoleta, sentía que yo no estaba siendo el lugar seguro que necesitaba, pues estaba sobrecargada y dejaba de darle ese tiempo de calidad. Me sentía mala madre por ello. La llevé un día y no la volví a llevar más. En aquel entonces seguíamos con la normativa del COVID y, junto a mi inexperiencia y falta de habilidades, acepté que iniciase en un sitio pese a yo tener la sensación de que no lo estaban haciendo atendiendo a las necesidades de ella. Eso derivó en dos horas de llanto, altos niveles de ansiedad y un miedo que se instauró y se mantuvo durante varios días/noches en ella. Su segunda herida de abandono, la primera fue por separación en la incubadora (ahora lo sé). Yo pedí que me avisarán a los 20 minutos si no paraba de llorar, que yo iría a por ella, que no quería que estuviera allí tanto tiempo como me habían dicho, pero no lo hicieron. Yo dudosa pensé que era porque estaría bien, pero no. Como os he dicho, no volví a llevarla.
Justo en ese momento me di cuenta de que tampoco podría protegerla, de hecho no debía hacerlo, la cuidaría y buscaría el lugar y las personas que mejor atendieran a sus necesidades. Pero no podría prevenir sus heridas, el mundo se las iba a hacer y yo también, aunque lo quisiera hacer de la mejor forma posible, su mirada siempre será diferente a la mía porque yo soy madre y ella es hija, yo veo una realidad y ella vive otra. Decidí y acepté entonces que mi papel era acompañarla de la mano. Conocer todo lo que pudiese sobre sus necesidades para enseñarle y darle las herramientas que necesitase y, lo más importante, ayudarla a conocerse.
Creo que muchos de nosotros y, sobre todo los progenitores altamente sensible, protegemos sin darnos cuenta. Espero que esta vivencia pueda ayudarte si te ves reflejada.
Gracias por leerme. Un cálido abrazo.