El combate por la salud

28 de julio, 2026

Querido/a,

Esta vez me he retrasado un día por motivos personales. Esta semana, barajando y sacando mis cartas al azar, han aparecido dos: COMBATE y SALUD. De inmediato llegó un recuerdo: estaba sentada en la consulta de reumatología del Hospital de Son Llàtzer, en Palma de Mallorca. Justo un mes de julio, pero de 2023. Delante de mí estaba el doctor y, a su izquierda, una alumna de prácticas. Tras revisar mi historial, hacerme pruebas y escuchar los síntomas que les expresaba, me dijo claramente que tenía un síndrome de hiperlaxitud articular.

“¿Te acuerdas de esas típicas reglas del colegio? ¿Aquellas que cuando las doblabas un poco iban haciendo pequeñas grietas?”, me preguntó. “Pues eso le pasa a tus articulaciones y músculos. Cuantas más grietas te hagas, más dolor tendrás en el futuro. Te seré claro: si no quieres tener ese dolor crónico o un dolor que te impida moverte en unos años, tienes que cambiar de hábitos y cuidarte. Integrar que ahora hay cosas que ya no puedes hacer”.

Cuando acabó de articular sus palabras, pensé en mi hija, que tenía tres años en aquel entonces. Solo podía pensar en lo mucho que ya me costaba sostenerla en brazos y jugar con ella físicamente… Por un juego que hice con ella, llevaba meses con el poplíteo inflamado y estuve medio año con dolor al caminar. Pensé en ella antes que en mí. A veces ellos son los motores que nos impulsan a cuidarnos. “De mí para ella”, pensé. Me puse a llorar en la consulta y la chica de prácticas me entendió muy bien y me acompañó emocionalmente. En milésimas de segundo había pasado todo un posible futuro en forma de imágenes por mi cabeza. Un futuro que no quería vivir. No es que viviese mal en aquel entonces, pero sí me di cuenta de que había normalizado la sobreproductividad, el priorizar todo antes que a mi persona y la sobrecarga de la propia maternidad por los roles de género que tenía tan integrados de forma inconsciente.

Cambiar una forma de vivir lleva tiempo y compromiso, pero, ante todo, compasión. Integrar nuevas rutinas ha sido un viaje de tres años. Lo primero que hice fue encontrar espacios para mí. Me apunté a dibujo y a tejer. Empecé a permitirme tiempo. Yo era de las que decía la típica frase de: “cuando me jubile pintaré, coseré, escribiré…”, pero ¿y si no llega? O ¿y si las condiciones en las que llego no me lo permiten? Aprendí a darle prioridad a aquello que me movía por dentro.

Al mismo tiempo, empecé un proceso con una profesional de Psiconeuroinmunoendocrinología (PNIE) para trabajar la alimentación; quería entender qué necesitaba mi cuerpo. Fui por este tema, pero también por otro que llevaba años persiguiendo: el famoso colon irritable. La simultaneidad del fallecimiento de un ser querido y una negligencia en una intervención quirúrgica que dejó a mi padre en riesgo de muerte volvieron a activarlo a los meses de su recuperación, justo cuando el cuerpo se relaja y suelta todo el impacto emocional retenido.

Ahí la alimentación me ayudó a recuperarme y fortalecerme por dentro, y desde entonces la mantengo. Obviamente no fue fácil hacer el proceso de cambio, pero tenía clarísimo que mi objetivo era estar mejor y, para ello, debía aprender a decir NO a muchas cosas. Hacer el cambio completo no es fácil cuando encuentras tantas barreras en el entorno: lugares que aún no tienen opciones sin lactosa, o que tienen leche de avena y soja pero tu cuerpo solo tolera la de almendras. Y ya lo del gluten… empieza a haber más conciencia, pero sigue siendo una batalla en muchos lugares a los que voy. Me acostumbré entonces a prepararlo todo yo misma: pan, leche, tortitas, bizcochos, masa de pizza… Y no con harina comercial sin gluten —que en cierta manera sigue siendo procesada—, sino con otras alternativas como la harina de trigo sarraceno. Así, cada vez fui más consciente del beneficio que me aportaba mantener ese hábito; pues si algún día me salía de él, mi cuerpo lo notaba y dejó de compensarme. ¿Por qué elegir estar mal cuando puedo elegir estar bien?

Después de todo eso y, obviamente, de ir a la par de mi propia psicoterapia, llegó el trabajo con el cuerpo durante el 2025. Además, 2025 ha sido un año en el que he aprendido que no necesito exigirme de más: he soltado responsabilidades y solo hago y mantengo aquello que disfruto. Obviamente hay esfuerzos que se tienen que hacer, pero ya los haces desde otro lugar.

Volviendo al cuerpo, perdida por no poder hacer todo aquello que me gustaba, fui buscando. La natación me gusta, pero no me sienta bien meterme en piscinas con cloro constantemente porque me produce hongos, así que eso solo lo aprovecho en época de verano. Encontré entonces el yoga, pero no me servía cualquier modalidad ni cualquier clase: al no entender bien cómo funcionaba mi cuerpo y no tener una mirada individualizada, terminaba los días posteriores con dolor, ya que se me suelen inflamar los tendones muy rápidamente. Por eso decidí hacer la formación de Yin Yoga y Yoga Nidra: para tener más herramientas con las que acompañar mi mundo emocional, y para entender y darle a mi cuerpo exactamente lo que necesitaba.

El Yin Yoga y el Yoga Nidra me ayudaron a volver a conectar con mi cuerpo, encontrando sus límites y su liberación. La relajación profunda del Yoga Nidra me ayudaba con la rigidez matutina y la inflamación, y el Yin Yoga a fortalecer mi estructura sin dañarla, acompañándome de forma amable. Ahí también fui descubriendo cómo las emociones se expresaban en el cuerpo y cómo acompañarlo a liberar tensiones y tomar más conciencia en cada movimiento.

Tras el diagnóstico, ha sido un combate constante conmigo misma, con el entorno, con el ocio y con los espacios no preparados. Todo este tiempo ha sido un duelo con mi propia funcionalidad, pues ya no puedo salir a correr, ni ir al gimnasio, ni hacer zumba, ni levantar peso o sostenerlo durante un tiempo sin que se me inflamen los tendones; no puedo jugar siempre a juegos físicos con mi hija, aunque doy todo lo que puedo… Y así he ido aceptando que ahora mi cuerpo tiene otras necesidades.

Cuando volví a la consulta médica, el doctor me preguntó cómo estaba. Le dije que mi mirada había cambiado. Que el dolor ya no era diario, aunque sí aparecía de forma puntual. Ya lo tenía identificado: esfuerzo físico, estrés y emociones. Me preguntó sobre lo que había hecho y le expliqué todo el recorrido. Me felicitó por mi compromiso.

Claramente, yo no podía seguir viviendo con ese dolor que había empezado diez años atrás con molestias en las manos, cuando nadie supo darle explicación ni acompañamiento. Normalicé esa forma de vivir hasta que empezó a afectarme de forma más profunda. Y ahí fue cuando decidí volver a mirarlo y encontrar respuestas. Fue ese punto de inflexión el que me zarandeó para que despertase y empezase a habitar una vida más amable conmigo misma.

Gracias por acompañarme en esta nueva semana de introspección.

Con cariño,

Siempre desde mi forma de pensar, sentir y percibir el mundo. Desde mi experiencia y mis conocimientos hasta el día de hoy; desde mi realidad.

Melania.

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