La incomodidad de encontrar ligereza
10 de agosto, 2026
Querido/a,
Esta semana me han tocado dos cartas: LEVEDAD y REVELACIÓN. He sentido la invitación de contarte algo:
Aprender a vivir con ligereza no es fácil; para mí no lo ha sido. Tampoco tengo la fórmula mágica, tan solo un puñado de conocimientos y experiencias en la mochila. Me doy cuenta de que solemos hablar mucho del resultado y muy poco del proceso. Tal vez, incluso, parece que se llega a romantizar.
Mi experiencia ha sido una puesta a prueba constante con la incomodidad. Vivir con más ligereza ha implicado muchos procesos para mí: un trabajo de años en los que no he dejado de cuestionar y probar si había otras formas de habitar la vida. Y aun así, aunque encuentre mayor ligereza, sigo atravesando procesos llenos de aprendizajes. Mi experiencia me ha hecho creer a veces que vivía con ligereza, hasta que me daba cuenta de que necesitaba más. Habrá momentos donde la vida pese y solo pueda darme pequeños instantes de alivio que acompañen la vuelta al equilibrio. La vida no es lineal; siempre se tambalea y se reequilibra. Y tal vez en eso consista: sin desequilibrio no hay transformación.
Pese al miedo, siempre he atravesado las adversidades y la transformación, incluso la he buscado a conciencia. No sé cuántas veces habré renacido en estos últimos diez años, pero siento que muchas; al menos, aquí te expongo algunas:
Me he cuestionado a mí misma, una y otra vez, para romper mis propias creencias y barreras, aumentando mi capacidad de autoobservación y autoconocimiento, lo que me ha ayudado a sanar mi autoestima y a encontrarme.
Me he independizado en identidad, pese a que eso me llevara a una situación familiar incómoda, pero necesaria para el reordenamiento familiar.
He probado, por ensayo y error, otras formas de entender el mundo laboral. Empecé trabajando para otros con porcentajes elevados que resultaban muy precarios, compaginándolo con la hostelería para poder sostenerme. Tampoco quise optar al PIR porque sentía que no era mi lugar. Decidí marcharme de todo y emprender para buscar una manera de trabajar acorde a mis valores. Con el tiempo, comprendí que, aunque las condiciones externas mejoren, los valores son algo profundamente individual. Cuando las necesidades cambian, las prioridades de cada uno se transforman y todo se tambalea. Entendí que no podía controlar cómo debían ser las cosas ni las elecciones de los demás: solo podía abrir puertas de sostenibilidad y permitir que cada cual encontrase su lugar y su propia huella. En general, fue un camino lleno de soledad, incertidumbre, miedo, decepciones y alegrías.
He roto con patrones de género y creencias sobre la maternidad y la crianza, sobre lo que significa una familia y sus roles. Un viaje muy profundo que daría para un libro entero.
He luchado contra viento y marea por mantener mi forma de ver la vida, pese a los juicios y las expectativas ajenas, incluso a veces de mi propia familia. Aprender a confiar en mí ha sido una tarea de años; confiar en mi instinto, que me guía y me indica por dónde ir. El error y el dolor han venido cuando, aun sintiéndolo, no le he hecho caso.
Ampliar mi abanico de recursos ha sido otro de mis grandes aprendizajes: aprender cosas nuevas, romper el perfeccionismo y rescatar el disfrute. Aprender a ver y sentir el proceso y no el producto; entender los recursos como algo expresivo y no como la búsqueda de un resultado.
Soltar el ego —el ego construido desde las heridas— ha sido, tal vez, la gran enseñanza. Cuando todo se desmonta, cuando empiezas a cuestionártelo todo de nuevo y cuando todo lo que te daba miedo finalmente pasa, descubres que al otro lado solo hay libertad. Todo eran partes aferrándose al temor de que una herida se reabriera. Colocar esas partes lleva un profundo trabajo interior. Donde antes quería hacer y crecer, ahora elijo no hacerlo. Ahora solo quiero ser y estar, aportar y compartir. Moverme desde el amor y el disfrute, sintiéndome libre de retirarme de aquellos lugares en los que no me sienta así.
Aprender a invertir mejor mi economía es el inicio de este nuevo aprendizaje. Mi multipasión me ha llevado muchas veces a sentir que me falta vida. Ahora me da igual; acepto que llegaré hasta donde llegue, pero quiero hacerlo lento, saboreando cada paso. Invertir en procesos pausados, cuidados y amables.
Cambiar toda una vida porque el lugar en el que vives plantea una imposibilidad económica futura... Pese a que el mundo laboral fuese maravilloso, la vida personal era insostenible. Ir de Mallorca a Albacete también fue una apuesta por mejorar la calidad de vida, aunque este camino haya sido —y en parte siga siendo— una de las mayores transformaciones internas de mi vida.
Etapas, aprendizajes. Ahora, tras este camino, creo en facilitarme la vida, porque la vida en sí ya es lo suficientemente compleja. Pero volvería a elegir una y otra vez pasar por el mismo camino.
Al final, he elegido ir por el camino difícil, el incómodo, el que te hace de espejo y te muestra tus verdaderas sombras y tus mayores miedos. Ese camino es el que me ha traído hasta aquí. Llegar a este punto requiere de mucho esfuerzo, confianza y ayuda. Siempre he pedido o me he procurado ayuda en los tramos en los que la he necesitado, anticipando la carencia de recursos para afrontar situaciones que sentía que vendrían y otras que llegaron sin avisar.
¿Implica esto que todo el mundo deba o pueda atravesar este mismo camino? No lo sé. Solo sé que este es el mío y que cada persona tiene el suyo, más o menos complejo. Ningún camino es idéntico porque cada uno viene a hacer su propio viaje con su mapa único. Y yo, como terapeuta, acompaño cada recorrido con la curiosidad de su historia y la paciencia del proceso constante de, como decía mi querido Carl Rogers, llegar a ser. Y yo, como persona, hago lo mismo con el mío.
Gracias por acompañarme en esta nueva semana de introspección.
Con cariño, Siempre desde mi forma de pensar, sentir y percibir el mundo. Desde mi experiencia y mis conocimientos hasta el día de hoy; desde mi realidad.
Melania.